“Yo soy
el buen pastor y conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mi" (Cf. Juan
10, ver 14).
Hace algo más de un año, justo la fecha
del cuatro de mayo del dos mil trece, fui discernida y elegida por mis hermanos,
como miembro de la coordinadora
diocesana de la Renovación Carismática Católica en la isla de Tenerife. Aún
puedo oír -y parece que fue ayer-, los latidos de mi corazón, un corazón de
niña en el cuerpo de una mujer adulta. Incluso ahora al recordar ese momento,
siento nuevamente sus latidos golpeándome el pecho con intensidad. Aquella
bendita mañana del sábado, mi vida cambio, justo en el preciso momento en el
que dando lectura a la votación oí pronunciar mi nombre pero no una vez, sino
dos, pues necesite de unos segundos, para asimilar lo que estaba aconteciendo
en mi vida justo en ese momento.
Hoy, puedo comprender que todo lo sucedido
durante este tiempo ha sido voluntad de Dios y si no lo creyera así, le estaría
robando la gloria a Él que es quien la merece.
A principio de febrero del 2013, siendo yo
dirigente de la comunidad de Buena Nueva, comencé a experimentar en mi corazón
una profunda desilusión, había tocado
fondo tras la asamblea regional del 2012 con la predicación del padre Jaime
Kelly. Mi ánimo en el servicio mermó, había perdido mi fe en algunos hermanos
aunque mi profundo amor por la Renovación Carismática permanecía intacto. Como
decía, comencé a experimentar en mi corazón un profundo desaliento y caí en la
tentación de creer que no valía la pena permanecer, tantos años de entrega y
servicio para qué, no podía entender cómo esta Renovación a la que amo
profundamente, había llegado a conformarse con la pobreza presente, una pobreza
que no hacia justicia a la gloria de Dios, presente en nuestros cenáculos de
oración y si, al desacierto de los hombres.